Cada tarde me sentaba en la terraza del café parís, justo en la mesa número cinco, esa que da a la calle. Pedía un café moca sin azúcar y un chessecake de fresa, demoraba horas en comerlo y al final, compraba un vaso de agua que duraba otras cuantas horas más.
Era rutina de todos los días, como si supiera que allí, algún día, llegaría algo, alguien. Sin embargo hasta el momento nada era claro, yo solo sentía la necesidad de hacerlo, como una tradición, no como la mayoría que no tienen sentido, al contrario había algo fuerte que me empujaba a levantarme, solo para ir allí.
¿Crees en el destino? Yo se que existe, porque mi corazón me decía que ese café iba a ser el lugar donde los encuentros harían explotar el universo, en una sinfonía de emociones y colores brillantes, de mágicos momentos.
No sabía que existías, pero estaba segura que eras tú, no podía ser otro…en el destino se delineaba tu rostro. Te vi, entraste de su mano y entonces yo alce la cabeza y sonreí, tú me miraste fijamente y te sonrojaste…también lo entendiste, no hubo nada que decir.
La siguiente tarde regresaste y entendiste la fuerza de esa sensación a la que yo me refería. Te sentaste en la mesa número cuatro, pusiste la silla frente a mí y pediste una cerveza, sonreíste y entonces tome la iniciativa; tanto tiempo esperando y por fin eras una realidad, no te podías escapar. Entonces me senté junto a ti y comenzamos a hablar, de las cosas vacías que todos hablan, de las cosas inciertas que todos desean; de los comienzos felices, de los finales trágicos.
Y al final de la tarde era como si nos conociéramos de toda la vida, eras realmente lo que tanto espere y sentí que había valido la pena. Salimos del café parís y nos despedimos con la promesa de dejar que el destino nos volviera unir; desde entonces no he sabido de ti, pero tampoco siento de nuevo la necesidad de volver, seguramente a ti se te volvió rutina, pero yo sentí que había cumplido con lo esperado.
Todos le temen al horizonte, porque allí siempre parece desaparecer lo que más amamos, pero yo te he vuelto eterno en mi recuerdo y he constatado que el horizonte no es más que la línea que da inicio a la inmortalidad.
El destino y el recuerdo, combinación exacta que entrega en el momento indicado, durante el tiempo indicado.