En ese momento sentí, que una daga envenenada atravesaba mi pecho; el veneno lentamente recorría mi torrente sanguíneo y se apresaba en mi corazón…
Vaya sensación cuando José, el del pupitre del lado, ese niño que cuando sonríe me roba el aliento y cuando llora, seco sus lagrimas con mi alma, José qué bonito nombre y no tan común como muchos creen, porque todos los días nace un José, pero no todos los días uno, me roba el corazón…
Un día él entro al salón de clases y me flecho, pero no fue una herida como la de hoy, fue una herida de amor, él cruzo la puerta con sus cabellos dorados y yo me ahogue en el inmenso mar de sus hermosos ojos azules, se sentó justo a mi lado, me miro, me sonrió y entendí lo que mi hermana mayor sentía cada vez que veía al vecino en su Harley, pero ella lo expresaba de distinta forma; mis ojos brillaban como los de mi madre, aquella vez en que presente mi primer recital de ballet y mi corazón saltaba como cuando mi padre me vio llegar primera, en la carrera de bicis que se llevo a cabo en la calle frente a mi casa….
Ese día llegue a mi casa con una extraña sensación en mi panza, como si algo allí adentro se moviera con desesperación y eso pasaba cada vez que veía a José; todo iba muy bien, nuestra relación avanzaba y mientras yo planeaba el color de las cortinas y los nombres de nuestros hijos, el jugaba futbol en el recreo y por fin después de mucho pensarlo decidí decirle que sería lindo que nuestro primer hijo se llamara como él y corrí con desesperación al salón de clases, pero cuando llegue él estaba justo al frente de Camilita, la niña de los grandes ojos negros, poniéndole en sus manos un gran corazón de chocolate que decía: “para la niña que con sus hermosos ojos negros, me robó el corazón”, esa que también me lo estaba robando justo en ese momento…
Y mi corazón fue atravesado de nuevo, pero esta vez el dolor era tan intenso, que las lagrimas comenzaron a deslizarse por mi rostro; él le dio un beso en la mejilla a Camilita y en ese momento entendí que él sentía lo mismo que yo, solo que por ella…
José, el de la flecha acaramelada y la daga envenenada, que por más ayuda que pedí, no me rescato del inmenso mar de sus ojos azules…
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