miércoles, 8 de diciembre de 2010

Como una tarde de invierno

La lluvia parecía ser nuestro cómplice. Recuerdo ese invierno en que las gotas de agua caían sobre las calles desiertas de la ciudad, dejando un rastro de algo, que no eran personas, pero que igual hacían parte de una realidad…
¿Alguna vez te conté que me encanta ver llover? Creo que sí. Amo la imponencia de la lluvia que hace que todos los habitantes desaparezcan, el mismo efecto de tus besos, que hacían que el mundo a mí alrededor fuera inexistente.  
Llevo años tratando de entender, como después de tenerlo todo de repente miras tus manos y están vacías, solo recuerdos, solo palabras que se las llevo el viento y nada parece haber sido sincero, como cuando la lluvia se seca y vuelven a aparecer transeúntes en las calles que caminan, olvidando que ayer llovió, como si fuera sencillo.
Yo no olvido una hermosa lluvia, es tan melancólica y romántica, es la mezcla perfecta de recuerdos y olvido, como tú, la necesidad de olvidar todo aquello que paso, pero de la misma forma el incesante martillar de tu recuerdo.
Aunque la lluvia da vida, todos aquellos seres que la necesitan para existir no pueden hacer más, que continuar viviendo en su ausencia; como yo, que no puedo más que seguir respirando en la ausencia de tu amor.
A la lluvia la agota estos días de sol radiante, como a nosotros nos agoto el corazón, los sentimientos y las razones para seguir juntos; la casualidad no fue suficiente, menos cuando uno de los dos, renuncia,  evitando luchar por lo que siente.
El tiempo tiene la última palabra, el maneja cada una de las visitas de la lluvia y decide si será la misma de ayer o será otra, mejor o peor; ese mismo tiempo que nos dirá si algún día podremos estar juntos o si definitivamente tu y yo, nacimos para ser solo amigos.
Y no pondré una gota de roció para cambiar la situación, como decía el gran Neruda en uno de sus grandes poemas: si poco a poco dejas de quererme, dejaré de quererte poco a poco. Si de pronto me olvidas, no me busques que ya te habré olvidado. Si consideras largo y loco el viento de banderas que pasa por mi vida y te decides a dejarme a la orilla del corazón en que tengo raíces, piensa que en ese día, a esa hora levantaré los brazos y saldrán mis raíces a buscar otra tierra.

Pero si cada día, cada hora, sientes que a mí estás destinada con dulzura implacable. Si cada día sube una flor a tus labios a buscarme, ay amor mío, ay mía, en mí todo ese fuego se repite, en mí nada se apaga ni se olvida, mi amor se nutre de tu amor, amada, y mientras vivas estará en tus brazos sin salir de los míos.

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